Marco Denevi

El emperador de la China

 

Cuando el emperador de la China murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se enteró.  Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue el Primer Ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurró un año, de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, el Primer Ministro mostró al pueblo el esqueleto del emperador.

-¿Veis? -dijo-. Durante un año un muerto se sentó al trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser emperador.

El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su antecesor y la prosperidad del imperio continuase.